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5 nov. 2012

Las entrañas de la bestia | Guanteletes del Infinito

"El fuerte impacto le indicó que la punta de su espada sierra había chocado con la columna vertebral tras clavarse profundamente en el abdomen. Mientras giraba para abrir fuego con la pistola de plasma sobre el siguiente enemigo, un brusco movimiento de palanca partió en dos el robusto cuerpo del orko, liberando la espada que pronto quedó frente a su cara con el motor ronroneando, lista para volver a matar. Sin embargo parecía que la masa de enemigos les estaba dando un respiro, y tras acabar con los últimos orkos que les habían salido al paso, la escuadra se quedó sola en el compartimento que habían usado para reorganizarse y prepararse para continuar con la misión. En aquel momento ocho de los miembros de la escuadra continuaban operativos.
El hermano Silex había sido baja tras ser arrastrado al vacío por una súbita descompresión, mientras el hermano Diocles permanecía en un estado de animación suspendida provocado por una extensa  herida que había sufrido en el tórax, de modo que la capacidad de combate de la escuadra Éumenes continuaba siendo óptima.
Las lecturas de los auspex de largo alcance que había podido estudiar a bordo de la Responsio
in passus mostraban que la estructura del pecio distaba mucho de ser algo minimamente lógico, pero los cogitadores del ordenador principal habían optimizado la ruta hacia las instalaciones del rayo tractor a pesar de que la parte de la superestructura que habían podido sondear no era más que una porción muy superficial. El sargento Éumenes sabía que su baliza de abordaje se había desviado de la ruta de ataque establecida debido a los ataques de los cazas orkos, de modo que se encontraban aislados del resto de la fuerza de asalto, y muy alejados del vector de avance principal. Sin embargo la misión debía ser cumplida a toda costa, y mientras repasaba los datos memorizados y trataba de establecer su posición exacta, las posibles rutas alternativas comenzaban a dibujarse en su mente geneticamente mejorada.Sin duda aquella destartalada e incomprensible arma era la mayor dificultad para el establecimiento de unas defensas planetarias efectivas. El enorme cañón que sobresalía de la estructura era la cúspide de la incomprensible tecnología de los pieles verdes. De algún modo habían llegado a dominar las fuerzas gravitacionales de tal modo que inmensos meteoritos procedentes del anillo externo del sistema eran lanzados contra la superficie causando enormes daños en las fuerzas de defensa planetaria.
Hacía semanas que los orkos habían desplegado el inmenso pecio en órbita, una amalgama de naves de múltiples zaras, fusionadas con cuerpos estelares y estructuras construidas sobre ella, con una sorprendente solidez y resistencia. Del tamaño de una pequeña luna, se trataba sin duda de la nave insignia, si es que se la podía llamar así, del kaudillo que trataba de arrasar Halicárnaso, y desde el principio había estado constantemente protegida por una flota de docenas de naves más pequeñas. Solo el ataque coordinado de buena parte de la flota imperial desplegada en el sistema había permitido crear una brecha a través de estas defensas, que había permitido a la fragata de los Guanteletes del Infinito acercarse lo suficiente para desplegar su fuerza de abordaje.
Siempre que participaba en una de aquellas operaciones Éumenes tenía la impresión de que todos sus huesos se iban a partir con el tremendo impacto de la cápsula contra las estructuras externas de la nave. El frenazo era tan brutal que solo la anatomía mejorada de un astartes, embutido en su servoarmadura, sería capaz de soportarlo. Cuando cesó el ruido ensordecedor del metal rasgándose mientras luchaba contra la inercia, las luces rojas que indicaban la presurización del habitáculo interno cambiaron al verde que señalaba el comienzo del asalto, y el sargento fue el primero en desconectarse de los sistemas de sujeción gravídica, dando las primeras indicaciones de combate y comprobando por última vez el funcionamiento de su pistola de plasma. La escotilla de la cápsula había saltado al activarse los cierres explosivos dejando vía libre para que el hermano Ptolomeo rociara la primera estancia de la nave enemiga con el prometio incandescente de su lanzallamas. Parecía como si el enorme número de orkos hiciese que estos atestaran toda la superestructura, porque lo que encontraron los marines al salir en tromba de la cápsula fueron los cadáveres calcinados de una veintena de enemigos tras los cuales muchos otros retrocedían intentando huir de la furia de los astartes. Desde entonces su avance entre la incomprensible y abigarrada maraña de pasillos y salas de toda naturaleza había sido una batalla constante por cada metro de terreno. Éumenes había procurado conservar la célula de energía de su pistola cargada, descuartizando con la espada sierra a todos los orkos tan incautos como para acercarse demasiado. Ciertamente su armadura mostraba muchas marcas fruto del combate, pero ningún enemigo había conseguido herirle todavía.
La sala donde se encontraban en ese momento parecía haber pertenecido a la zona de hangares de alguna desafortunada nave imperial destruida muchos años antes. A pesar de lo distorsionada y retorcida que había quedado su estructura al aglomerarse a tantos otros restos espaciales, aun se podían adivinar los enormes arcos ojivales que formaban un espacio de aspecto catedralicio lo suficientemente grande como para contener las cañoneras de desembarco. La gloria del Imperio no había podido ser borrada totalmente a pesar de que la estancia apestaba a los vomitivos excrementos de los orkos y había sido pintada con sus primitivos glifos que cubrían buena parte de las paredes accesibles. La escasa luz, en forma de destellos estroboscópicos, procedía de un dañado sistema de iluminación situado en las paredes, y no permitía hacerse una idea del tamaño real de la estancia. Sin embargo los astartes se encontraban en una buena posición defensiva a la que solo era posible acceder por dos aberturas, lo más similar a compuertas que se podía encontrar en el pecio, situadas en ambos extremos de un espacio rectangular que recorría de forma transversal la sala y que se encontraba delimitado por enormes apilamientos de chatarra y detritos que alcanzaban al menos la mitad de la altura del antiguo hangar.
Dos hermanos de batalla vigilaban ambas entradas mientras el resto recargaban y comprobaban sus armas y el sargento decidía el próximo plan de acción. Éumenes podía ver como sus soldados realizaban las rutinas de batalla tantas veces entrenadas, y una vez más se sintió colmado de orgullo, eran una fuerza efectiva y precisa enfrentándose al salvajismo más absoluto e irreflexivo, estaba seguro de su victoria. El hermano Ptolomeo, sentado a su lado, reponía el depósito de prometio mientras recitaba sus mantras de combate, frente a él, el hermano Apostanes montaba su bólter tras haber engrasado todos sus mecanismos con la seguridad de unos movimientos grabados a fuego gracias a la disciplina del adiestramiento, y el hermano Sántor permanecía en el trance destinado al descanso de los sentidos al que un astartes podía acceder para evitar tener que dormir.
Todos ellos estaban preparados para ponerse en marcha cuado el sargento se puso en pié. El lenguaje de batalla les indicó la orden de avanzar en formación Sigma y no necesitaron más explicaciones. Dos astartes encabezaban la marcha, con el hermano Ptolomeo justo detrás dispuesto a purificar con el fuego los pasillos atestados de enemigos. A lo lejos, traídos hasta ellos por la interminable reverberación de las paredes del complejo de pasillos, se podían oír las roncas voces de los orkos organizándose para la batalla acompañadas de un sin fin de golpes y explosiones imposibles de localizar en aquel caos, pero que  indicaban la presencia de otros marines que permanecían combatiendo en el interior del pecio. Guiados por su sargento la escuadra Éumenes avanzó sin oposición atentos a su retaguardia, esperando encontrarse una nueva oleada de pieles verdes en cualquier momento. Sin embargo no fue un orko lo que les salió al paso..."

1 comentarios:

Señor Serviorco dijo...

Ésto tiene muy buena pinta. Llevamos una temporada queriendo jugar un asalto a una nave, y este relato es una gran inspiración.

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