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23 ago. 2012

Noctumbus | Transformación

Los siguientes años los pasó de aldea en aldea alquilando sus servicios como "enverador de difuntos", preparaba los cadáveres y oficiaba pequeñas ceremonias de enterramiento. La mayoría de los pueblos no tenían su propio sacerdote, ya por que estaban demasiado aislados o por que habían fallecido durante la peste, así que no le faltó trabajo.

El viejo tomo que había substraído de la tumba del lord le fue de bastante utilidad porque, a pesar de que la mayoría del texto era demasiado enrevesado para su entendimiento se dedicó a estudiarlo con entusiasmo. De él pudo extraer pequeñas recetas que le servían para contentar a sus clientes: rituales que eliminaban el hedor cadavérico, pociones que devolvían el brillo a los ojos del cadáver, amuletos que alejaban a las alimañas de las tumbas.

Fue por uno de estos remedios que la desgracia volvió a visitarle y marcó de nuevo su destino. Tras semanas de estudio había logrado descifrar un pasaje que permitía alarga la apariencia saludable del cadáver, cuando recibió la llamada de un caudillo para enterrar a su hija adolescente, famosa por su virginal belleza. Nicolai vio la oportunidad perfecta para probar el nuevo bebedizo e impresionar al barón.

Todo fue perfecto y no hubo ni un solo habitante de la aldea que no comentase el resplandor que despedía la chiquilla talmente como si tan solo estuviese durmiendo un plácido sueño. Pero al día siguiente los guardias le apresarón e incendiaron su carreta. La muchacha había vuelto a la vida durante el velatorio pero convertida en un monstruo rabioso sediento de sangre. La guardia logró abatirla pero no antes de haber acabado con la vida de su madre y una decena de cortesanos.

El inquisidor imperial le declaró culpable de brujería. Durante días fue torturado y ni un rincón de su cuerpo se libro del suplicio. Cuando sus captores se cansaron de maltratarle el propio caudillo bajó a las mazmorras. Maldiciendo su nombre, con un hierro candente le arrancó los ojos y ordeno que le lanzasen al pozo de huesos.

El pozo de huesos era el destino habitual de los peores criminales, una gran fosa de varios metros de profundidad donde eran lanzados los reos para morir de inanición. Con el cuerpo destrozado por la tortura, ciego y a punto de morir por el hambre y la sed fue lanzado al pozo.

La mente de Noctumbus era una caótica pesadilla donde las risas de los torturadores se mezclaban con las imágenes de su padre asesinado y de la joven muchacha transformándose en un ser infernal. Comenzó a palpar el suelo sobre el que había caído y comprendió por que lo llamaban el pozo de los huesos. El agujero estaba repleto de los restos de todos los ajusticiados que habían sido arrojados allí durante generaciones.

El murmullo de gusanos en insectos que roian y roian con un incesante murmullo la carne le taladraba en el cerebro y su cuerpo se hundía poco a poco en ese mar de huesos. La total oscuridad de su mente ciega que se iba tornando roja al recordar todos los sufrimientos que le habían acompañado en vida. La desaparición, el miedo, la tristeza fueron dando paso al odio, la ira y la rabia. Con su último halito de vida intentó lanzar un último grito maldiciendo al mundo. Pero de sus labios no surgió el desesperado lamento si no extrañas y retorcidas palabras que le quemaban la garganta...

La historia se extendió por toda la región y cada narrador añadía un nuevo detalle: los muertos se habían levantado del pozo de los huesos cargando al nigromante como a su rey, lo que al principio eran una decena de esqueletos, para cuando la historia alcanzó las fronteras del reino eran varios centenares.

El conocimiento latente en la mente de Noctumbus, tras años leyendo el libro robado de la tumba, había despertado, espoleado por la agonía de su cuerpo. Nicolai había conseguido animar a un puñado de esqueletos que lo sacaron de las mazmorras. Pero pagó un precio por sus nuevos poderes. En la mente del muchacho ya solo había espacio para el odio contra los vivos y ahora que el poder había despertado su única meta era levantar una horda de cadáveres para castigar a ese mundo que solo le había traído amargura.

Lo primero que hizo tras recuperar las fuerzas fue rescatar el Grimorio de Skchinlerd que gracias a su aura mágica había sobrevivido intacto al incendio de su carreta. Luego, escoltado por su banda de revividos, viajó hacia el norte en busca de un lugar donde perfeccionar sus artes nigrománticas.

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