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14 jun. 2011

Artheldor renacido | Quinta parte

Ambición imperecedera

En los tiempos finales del reinado de Artheldor comenzaba a tomar importancia, en el fértil valle del río Vitae situado más al norte, un reino formado por un nuevo tipo de criaturas que acababan de iniciar su andadura hacia la civilización. Estos seres eran los humanos y su incipiente reino sería conocido como Nehekhara.
Entre ellos existía un sacerdote al que llamaban Az-Radán y que era conocido en todo el reino por su capacidad para ver el futuro durante los extraños estados de trance en los que entraba regularmente. Uno de estos trances marcaría su existencia y la de muchos otros de forma imborrable. En el momento del cataclismo que llevó a la caía del rey elfo, el vidente humano cayó fulminado como por un rayo, empezando a sufrir violentas convulsiones. Todos a su alrededor sabían que al despertar haría importantes revelaciones, pero grande fue su sorpresa cuando se negó a narrar lo que había visto y decidió encerrarse en su vieja torre si ser molestado.
Lo que había visto Az-Radán no era otra cosa que a Artheldor en su cúspide de su gloria y como había sido despojado del inmenso poder que le rodeaba. Vio claramente como este manaba de los magníficos objetos que portaba y como estos eran arrastrados hacia la disformidad quedando suspendidos e inmutables en el limbo temporal entre dos mundos. Poco tardó en decidir que ese poder algún día sería suyo.
Se dedicó al estudio, viajó por todo el mundo conocido buscando indicios que le llevaran a su objetivo, pero su mente y su cuerpo eran demasiado débiles para tal empresa y pronto vio que nunca lo conseguiría. Decidió trasmitir lo que sabía y formó un cónclave secreto con el objetivo de que ese poder recayera algún día en sus descendientes, que reinarían así sobre todas las razas. La Orden del Gran Soñador era su nombre.
Esta sociedad secreta sobrevivió al paso de los siglos, a las guerras internas del reino, a los ataques de otras sociedades de la corte y llegó, en la cúspide de su poder, a los años en que Nagash era un sacerdote  lleno de ambición. En aquellos tiempos el líder de la orden era un hombre llamado Zertok muy cercano al monarca de Khemri y miembro de la orden de los sacerdotes funerarios, que había sabido de las intenciones del gran nigromante y había decidido unir su destino al de este, buscando la llave que abriría a la sociedad el camino que la llevaría a la consecución de sus objetivos.
Cuando Nagash se vio obligado a huir, Zertok no dudó en seguirle, convencido de que, si este le otorgaba la inmortalidad, algún día podría conseguir que el poder que tanto anhelaba recayera exclusivamente en él. Su maestro sin embargo no atendía sus plegarias, inmerso como estaba en buscar el modo de vengarse de los reyes de Nehekhara. Así, Zertok buscó refugio en la cercana ciudad de Lahmia y fué aqui donde encontró su destino al formar parte de aquellos que intentaron destilar el elixir de la bvida eterna descubierto por Nagash siendo condenados a la sed de sangre imeperecedera. No importaba, así tendría toda la eternidad para lograr sus objetivos.
Durante los siguientes milenios buscó de forma incansable el reino de Artheldor y la clave que le llevase a usurar el poder del antiguo rey elfo.
Un día esta clave le visitó durante su descanso diurno, Az-Radán le visitó en sueños, le hablo de sus visiones, le contó toda la realidad de estas y no aquello que había sido fragmentado y modificado con el paso de los siglos y reveló todos sus secretos al vampiro. Esto, unido a la información que había reunido durante su peregrinaje, llevó a Zertok a los antiguos territorios que ocupase el reino de Artheldor, aunque vio que no era el único.

Las piezas estaban sobre el tablero, y la lucha por el dominio del mundo iba a comenzar...

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