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7 feb. 2011

La defensa de Ereskgrado | WHF


El duro invierno Kislevita, la ventisca en la estepa, y el rugido de algún oso acercándose. Esto era lo único que pasaba por la cabeza del Burgomaestre Volchev mientras contemplaba el avance de la fuerza enemiga desde su posición en lo alto de las murallas, no lejos de los baluartes que defendían las puertas. Sabía que estas habían sido un regalo de los enanos de Kar-da-Zarum, la escondida fortaleza en lo más profundo de las montañas centrales, de modo que confiaba en que la ingeniería de sus valientes aliados evitaría que aquellas criaturas mancillaran el suelo de la milenaria fortaleza de Ereskgrado. Sin embargo la visión de los cientos de cabezas astadas y los acorazados enanos del caos no era suficiente para sacarle de su ensoñación.

Recordaba vivamente sus campañas en pleno invierno al frente de sus fieles Kossars, la resistencia y el estoicismo de estos hombres y su incomparable resistencia. Pero el recuerdo que le asaltaba con mayor intensidad era el de sus compañeros, rígidos y cianóticos abrazando la helada muerte como consecuencia de mil y una decisiones negligentes por parte de los Boyardos, que, al calor de los amplios hogares de sus mansiones, les mandaban a incursiones suicidas fruto de su inexperiencia y de su total indiferencia hacia la vida de los hombres bajo su mando. Aquello había llegado demasiado lejos cuando decidió que si nadie ponía remedio, los siglos de servidumbre, casi de esclavitud, no harían más que perpetuarse en las generaciones venideras.

Bajo su orden la revuelta estalló al comenzar el deshielo, hacía ahora 20 años, y, por un momento, creyeron que sus objetivos estarían al alcance de sus manos antes de la próxima nevada. Sin embargo no fue así, el poder en Kislev estaba demasiado establecido, la amenaza de las incursiones norteñas hacía que los hombres soportaran cualquier indignidad ante la perspectiva de caer en las sucias manos de aquellos bárbaros adoradores de los horrores del vórtice polar. Los campesinos, cuya situación les podía hacer incluso envidiar la preferente posición de los soldados, se negaron a darles refugio, y mucho menos provisiones, pocas fueron las guarniciones que les siguieron en sus reivindicaciones y, pronto, mucho antes de lo que el hubiera pensado, todos sus compañeros yacían en el duro hielo victimas de los ajusticiamientos ordenados por el Zar.

Demasiado popular entre la soldadesca para ser ejecutado Andrej Volchev fue denigrado con el exilio forzoso lejos de sus amadas estepas, nunca olvidaría el día que cruzo la frontera para no volver.

Su destino estaba marcado por la guerra y nunca se separó de ella. Su nombre no era desconocido en el Imperio y el Conde Von Raukov de Ostland pronto quiso contar con sus servicios. Como asalariado del conde logró grandes gestas, aglutinando bajo su mando a exiliados y emigrantes de la cercana Kislev, defendió con honor el escudo de los Von Raukov un muchas batallas, su fama creció, y los lazos con sus soldados eran duros como el acero que esgrimían.
Ahora, como Burgomaestre de Bohsenfels, al mando de la guardia Volchevita, recordaba una vez más las llanuras de Kislev.

De repente comenzó a Nevar.

Aquello era una buena señal.

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